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Más allá del Producto Interior Bruto (PIB) y del Índice de Desarrollo Humano (IDH)

¿Qué miden los indicadores Producto Interior Bruto (PIB) y el Índice de Desarrollo Humano (IDH)? ¿Refleja su interpretación la realidad socioeconómica de un país y las necesidades de su población? ¿Qué repercusión pueden tener estos indicadores sobre la política económica?

Como dijo Joseph Stiglitz: “Lo que medimos afecta las decisiones que tomamos”. Por tanto, conviene introducir esta entrada con una clarificación conceptual para entender qué aspectos miden los indicadores en cuestión:

El crecimiento económico hace alusión al incremento de renta y riqueza en la economía, es decir,  al aumento cuantitativo de los factores renta, capital y trabajo. El crecimiento económico de un país –o conjunto de países- se mide por el incremento del Producto Interior Bruto (PIB) y de ingresos por persona a través del PIB per cápita.

Mientras que el desarrollo se define, por ejemplo, como la mejora de las condiciones humanas y sociales enfocadas a satisfacer necesidades básicas (Streeten, 1999), la expansión de las capacidades de las personas (Sen, 2000) en consonancia con el ecosistema y las condiciones medioambientales, es decir, se refiere a la mejora del ámbito cualitativo de dichos factores además de implicar la sostenibilidad en la gestión de los recursos (Daly, 1991).

Esta distinción entre los dos conceptos parece clara hoy en día entre los teóricos, sin embargo, se siguen confundiendo en el ámbito político y académico, incluso, se miden con los mismos indicadores estadísticos. La confusión redunda en la asimilación de decisiones de política económica basadas en programas que fijan metas numéricas, alejadas de la realidad socioeconómica de un país, es decir, ignorando sus circunstancias políticas, la naturaleza de sus instituciones, las necesidades y dificultades de los diferentes grupos sociales, la desigualdad en la distribución de la renta y la riqueza, la disponibilidad de los recursos, las condiciones del ecosistema, la viabilidad económica y sostenibilidad en el tiempo de las decisiones, etcétera.

Según la escuela neoclásica de pensamiento económico, el objetivo es determinar el modo de distribuir los recursos dados buscando un sistema que permita una eficiente acumulación de renta y riqueza. Desde este enfoque, el crecimiento económico se entiende como incremento de capital, tratándose como un problema matemático de maximización. El estudio del crecimiento de la economía se concentra en el incremento del PIB como objetivo -cuando este es un indicador cuantitativo simple- sin tener en cuenta su composición, su distribución y la manera en la que ha sido elaborado. Así, la medición de la riqueza de una nación se basa principalmente en las variables macroeconómicas PIB y PIB per cápita. Sin embargo, estas dos variables no recogen, por ejemplo, el nivel educativo de los trabajadores, la salud y la nutrición de estos, o las labores domésticas que desarrollan las personas, siendo estas variables intrínsecas fundamentales en el proceso productivo. En términos per cápita, es posible que una sociedad refleje un nivel de ingresos elevado, sin embargo, esto no significa que la distribución del mismo sea equitativa [1]. Por consiguiente, la medición del bienestar social a través de indicadores cuantitativos simples puede derivar en una interpretación  engañosa o errónea, puesto que no consideran las condiciones humanas y del ecosistema, siendo componentes cruciales en el desarrollo de las sociedades y el desempeño económico de las naciones.

En un momento de la historia, el profesor Muhammad Yunus clamó por la mejora de la situación de las familias desfavorecidas y por las regiones más deprimidas, haciendo hincapié en los pequeños proyectos para mejorar aspectos de primera necesidad y así obtener mejoras ligadas al desarrollo. La respuesta que recibió entonces no deja de ser singular y a la vez demasiado generalizada: “Esto no es desarrollo, el desarrollo es el crecimiento de la economía, el crecimiento traerá todo” (Yunus, M. 1999). Esa fue la contestación de economistas fieles al crecimiento económico como principal motor del desarrollo de la economía, ignorando las carencias, la miseria, la naturaleza de las instituciones, la corrupción, el impacto de la desigualdad en el acceso a la educación y a la sanidad, las condiciones del entorno y, en términos generales, las diferentes condiciones de vida de las personas que integran una sociedad y la coyuntura económico-política que atraviesan cada país en cada momento histórico.

La creación del Informe sobre Desarrollo Humano en 1990, estableció un punto y aparte en la concepción de la idea de desarrollo. Desde sus inicios y hasta el presente se ha convertido en una fuente respetada a cerca de cuestiones de desarrollo mundial, y en una herramienta para la formulación de políticas. El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) estableció el Índice de Desarrollo Humano (IDH) como indicador estadístico compuesto para la medición del desarrollo en tres dimensiones: sanitaria, educativa, y económica; y ha sido realizado todos los años desde su creación con el objetivo de medir los logros medios en cuanto al desarrollo humano básico clasificado por países. (Puede consultarse el Informe sobre Desarrollo Humano de 2013 aquí)

A partir del Informe sobre Desarrollo Humano de 2011, el PNUD mejora el IDH ajustando el índice a la desigualdad, incorporando el índice de pobreza multidimensional (IPM), que mide el nivel de vida básico, el acceso a la escolaridad, agua limpia y atención en salud, y atendiendo la perspectiva de género en el estudio. Esta novedad añade información al análisis de desarrollo humano al considerar la realidad de que las personas con nivel de renta alto disfrutan de una educación y sanidad de mejor calidad que la personas con ni nivel de renta medio y bajo y que, además, no afecta por igual a las mujeres que a los hombres. Este proyecto ha arrojado luz sobre cuestiones anteriormente ensombrecidas y revela de mejor manera las desigualdades dentro de las sociedades estudiadas y el impacto que tienen sobre el desarrollo humano. No obstante, en la interpretación del índice y los diferentes indicadores que lo componen pueden quedar fuera algunos aspectos fundamentales para la toma de decisiones de política económica.

Para explicar las limitaciones de los indicadores IDH y PIB, se expone un ejemplo significativo para comprobar que cuando se toman los indicadores por separado, la interpretación puede ser errónea, e incluso muy distinta, de la situación de un mismo país.

ComentarioCOntraLosFetiches

Cabe la posibilidad de que, en cuanto a la alfabetización, Botswana esté atravesando un proceso de “fuga de talentos” por la falta de opciones laborales, económicas y sociales en el país o, tal vez, se deba a enfermedades que redundan en la débil esperanza de vida de su población. En todo caso, son aspectos que no aborda el IDH, por tanto, interpretar el acceso a la educación como garantía de bienestar no parece muy acertado. El IDH tampoco ofrece una visión clara de la situación real de la población de este país. Asimismo,  queda en evidencia el PIB como indicador estadístico que mide la riqueza nacional y que se utiliza en numerosas ocasiones como objetivo y reflejo del nivel de desarrollo de un país y bienestar de su población.  Puede observarse que a pesar de que el índice del PIB y el PIB per cápita sean superiores en Botswana que en Túnez no es, precisamente, dónde los ciudadanos gozan de mejores condiciones de vida si tomamos en cuenta los índices relacionados con la salud y la educación.

El ejemplo presentado corrobora que la información que proporcionan los índices estadísticos PIB e IDH no refleja de manera fiel las desigualdades, los problemas de cada país, y las necesidades humanas de su población. Además, las condiciones de estos países, posiblemente, limiten la posibilidad de estudio de estas variables, al no poder contar con información suficiente y contrastada. Siendo un error frecuente en este tipo de estudios tomar variables de zonas en las que sí se dispone de datos más claros y extrapolarlos a zonas donde estos datos sean menos fiables o incluso inexistentes, e intentar entender los problemas de estas segundas cuando es muy probable que las circunstancias sean totalmente diferentes.

Detrás de los indicadores estadísticos puede haber alguna información que no se aprecie a la hora de tomar de decisiones políticas, y otra desconsiderada al elaborarlos. Por tanto, los indicadores estadísticos deben considerarse únicamente una guía en los estudios, siendo, en muchas ocasiones, poco útiles como referencia si la situación socioeconómica cambia del momento en el que se elaboran hasta el momento en el que se pretenden utilizar. Además, es importante tener en cuenta que las variables utilizadas como las más representativas en la medición, por considerar que afectan tanto a la producción como a las distintas facetas de las condiciones de vida de las personas, no tienen por qué ser o tener la misma repercusión en unas zonas que en otras, y su elección no tiene por qué ser neutral.

Esta entrada no es sino una reflexión sobre el objetivo propuesto de poner de relieve, por un lado, la inexistencia de indicadores estándar válidos para diagnosticar los problemas de todos los países y, por otro, la imprudencia de proponer un recetario de medidas económicas para todos los casos sin distinción. Es preciso, para el estudio y el acercamiento objetivo a la situación socioeconómica de un país y las necesidades de su población, consultar y estudiar todos los indicadores cuantitativos y cualitativos que haya a disposición, tomando conciencia de que siempre habrá aspectos susceptibles de quedar fuera de la interpretación. Asimismo,  es conveniente señalar que elección de un concepto u otro, un indicador u otro, en la explicación de la situación socioeconómica que atraviesa un país y su población no está libre de ideología. El diseño de las políticas económicas responde a qué tipo de sociedad quieren construir quienes tienen el poder de establecerlas y de los que pueden incidir en éstas. No existen políticas económicas erróneas, sino políticas económicas que favorecen a unos grupos o a otros. Aunque, como señalan los compañeros del blog, también se adoptan políticas que perjudican a todos. ¿Será por fiarse de indicadores imperfectos, que proporcionan información incompleta, y olvidarse de que el objetivo principal de la política económica es mejorar las condiciones de vida y el bienestar de las personas? La respuesta a esta pregunta está en el concepto que se toma como referencia. 

Para finalizar, se abre aquí una pregunta para los economistas que apuestan por el crecimiento económico: ¿Qué relación tiene su problema económico de maximización de una magnitud con la realidad cuando prescinde de ella?

Indicadores_y_personas

Bibliografía

Daly, H. E. (1991). Criterios operativos para el desarrollo sostenible. Debats, MAR-JUN: 38-41; (35/36). ISSN: 02120585

Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (2008). Informe sobre desarrollo humano 2007-2008. Madrid Mundi-Prensa Libros S.A.; 2007. Disponible aquí 

Sen, A. K. (2000). Desarrollo y libertad. Barcelona Ed. Planeta S.A.

Streeten, P. (1999). Futura estrategia para el desarrollo. Importancia del desarrollo humano. Finanzas y Desarrollo, 1999, dic: 29-33.

Yunus, M. (1999). Banker to the poor: Micro-lending and the battle against world poverty. New York: Public Affairs.

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[1] El PIB per cápita mide la relación que existe entre el PIB de un país – su nivel de ingresos- y la cantidad de habitantes que tiene, sin tener en cuenta la equidad en la distribución. En un ejemplo sencillo de una economía con dos personas, el PIB per cápita explica que si una ingresa 10 y otra 0, la renta que le corresponde a cada una es 5. Esto no puede considerarse reflejo de la realidad. Por muy elevados que sean los ingresos de la persona más rica de tu país, no los comparte contigo, ¿verdad? Ese aspecto se le escapa al indicador en cuestión. Para tener información sobre la distribución del ingreso en una economía existe el índice de Gini. Este indicador mide hasta qué punto la distribución del ingreso (o, en algunos casos, el gasto de consumo) entre individuos u hogares dentro de una economía se aleja de una distribución perfectamente equitativa. Un índice de Gini de 0 representa una equidad perfecta, mientras que un índice de 100 representa una inequidad perfecta.

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4 comentarios

  1. Pedro Olazábal dice:

    Para mí, esto lo que demuestra es que se necesitan más indicadores. Me gusta poner el ejemplo de alguien que quiere comerse dos huevos fritos pero un familiar le dice que tiene que cuidarse. Entonces él/ella dice: “perdona que esta mañana he estado en el médico y me ha dicho que tengo la tensión perfectamente”. Eso está muy bien, ¡pero los huevos fritos te afectan al colesterol no a la tensión! Vamos que la tensión (PIB por ejemplo) la tienes muy bien, pero necesitas mirarte también el colesterol si quieres comer dos huevos. Los médicos tienen un porrón de indicadores para decir si alguien está sano, ¿por qué nosotros usamos tan pocos indicadores para decir si la sociedad está sana? Una última cosa: a algunos alternatas les gusta decir que hay aspectos que no se pueden medir porque son cualitativos. Esto queda muy bien y es muy molón en plan leo literatura espiritual. Además, se liga mucho, y eso siempre es importante. Pero en realidad la solución para medir las cuestiones cualitativas está bastante clara: ¡mídelas cualitativamente!

    Salud!

    • Trucus dice:

      Es por eso que se debe dar mas importancia al IDH, este indicador nos permitirá ser objetivos en la búsqueda de una sociedad más justa, y no más rica, ya que esta probado que la riqueza siempre se concentra en pocas manos, así lograremos tener indicadores de calidades y no de cantidades!

      • Pedro Olazábal dice:

        Hola Trucus

        Muchas gracias por tu comentario aunque no creo que de mi aportación se deduzca que haya que dar más importancia al IDH. Mi comentario a la entrada de I.B hace hincapié en que hacen falta más indicadores. Es sólo una opinión. Creo que sólo centrarse en el IDH sería otro error (tal y como expone I.B). La (buena) vida, que es a lo que queremos tender, tiene muchas características muy diferentes. Puede que un indicador me muestre que una de esas características (o una “media” de “varias” como hace el IDH) esté muy bien, pero puede que a la vez haya otras que estén fatal. Por eso es necesario, creo, no cebarse en un indicador, sea PIB, IDH, esperanza de vida, o kcal/día ingeridas.

        De todas formas, darle más importancia al IDH creo que es un buen paso :). Amartya Sen suele decir que una de las fuerzas del IDH es quitarle protagonismo al PIB.

        No entiendo muy bien a que te refieres con indicadores de calidades y no de cantidades.

        Salud!

  2. […] lo bueno o malo que es el PIB como indicador (no es mi objetivo en esta entrada, además I. B. ya ha escrito sobre esto), pero sí me interesa resaltar que el PIB se mide en unidades monetarias, es decir, euros, […]

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