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Desarrollo y salud: el derecho a la salud frente a los derechos de propiedad intelectual y los beneficios económicos de la industria farmacéutica.

Las patentes de medicamentos y tratamientos farmacológicos protegidas por el Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual Relacionados con el Comercio (ADPIC) suponen obstáculos  de acceso a la salud para las personas en los países en desarrollo. La situación ha dado lugar a la proliferación, desde distintas instituciones, de numerosos estudios e informes que cuestionan el compromiso con el desarrollo y analizan la relación entre los derechos de propiedad intelectual (DPI) y el precio de los medicamentos con el desarrollo en términos de salud de las poblaciones afectadas.

Para un acercamiento a la problemática, trataré de definir la naturaleza del ADPIC y los condicionantes que impone a los miembros de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en el ámbito de las patentes relacionadas con la salud pública, y cómo repercuten sobre el desarrollo.

El Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual Relacionadas con el Comercio (ADPIC), uno de los acuerdos multilaterales gestionados por la Organización Mundial del Comercio (OMC), pone de manifiesto el reconocimiento de la naturaleza privada de los derechos de propiedad intelectual (DPI) y el impacto que tienen en el comercio las mercancías falsificadas, y asienta las bases para todos los Estados Miembros.

El Acuerdo cubre distintas formas de propiedad intelectual, tales como derechos de autor, marcas de fábrica o de comercio, indicaciones geográficas, dibujos y modelos industriales, patentes, protección de los semiconductores, e incluso ofrece protección a la información no divulgada. El Acuerdo establece normas para cada categoría recogidas en las secciones de la segunda parte (artículos 9-40).

Los derechos de patente desempeñan un papel protagonista en el sector de los productos farmacéuticos, si bien no deben menospreciarse los secretos industriales y las marcas. El Acuerdo establece la patentabilidad de los productos farmacéuticos (medicamentos); fija disposiciones transitorias respecto de su aplicación para los países del Sur económico; permite a los Estados Miembros establecer excepciones y conceder licencias obligatorias de las patentes reconocidas en sus territorios; establece como objetivo favorecer el bienestar social y económico de  productores y usuarios, y reconoce la adopción de medidas por parte de los gobiernos para la protección de la salud pública. El Acuerdo no aborda la posibilidad de que los derechos de propiedad intelectual de los Estados Miembros se vean agotados una vez que el titular comercialice los productos por primera vez.

El debate,  la puesta en cuestión, y crítica del Acuerdo surgen a raíz de las pandemias de VHI/Sida sufridas en los países del Sur económico. La pandemia del SIDA, especialmente en Sudáfrica y Brasil, es un exponente fundamental en el debate público sobre el acceso a los medicamentos (García-Castrillón ,2003). No obstante, la falta de acceso a medicamentos básicos no se limita a estos casos, ocurre con otras enfermedades mortales como la tuberculosis, la malaria y las infecciones respiratorias que arrastran a la muerte a millones de personas al año en países en desarrollo. Asistimos a un problema de doble cara, por un lado, el derecho a la salud, que se entiende como derecho humano fundamental, establecido en distintos tratados internacionales y constituciones de Estado; por otro lado, el derecho a la propiedad intelectual -respaldado por la OMC- que redunda en que, aun habiendo medios, los precios sean prohibitivos y que, en otros casos, dada la escasa capacidad adquisitiva de los perjudicados, no resulte rentable la inversión en investigación y desarrollo de nuevos fármacos para estas enfermedades desatendidas. El Premio Nobel de Medicina Richard J. Roberts ha denunciado en varias ocasiones la forma en la que operan las grandes multinacionales farmacéuticas, anteponiendo los beneficios económicos a la salud y deteniendo el avance científico en la cura de enfermedades, señalando que el 90 % del presupuesto para investigación está destinado a las enfermedades del 10 % de la población mundial (1).  En la complejidad de este problema juegan papeles protagonistas la industria farmacéutica y la regulación internacional de las patentes, son responsables.

La industria farmacéutica, por su carácter altamente intensivo en tecnología, se encuentra concentrada en los países industrializados del Norte, que suponen más del 90% de la producción mundial y el 97% de las actividades de investigación y desarrollo, destacando las inversiones de Reino Unido, Francia, Alemania y Suiza (EPFIA, 2000). Las fusiones y adquisiciones que se han llevado a cabo en el sector farmacéutico desde la década de los ochenta han dado lugar a potentes multinacionales. Hoy en día el carácter oligopolístico de la industria farmacéutica resulta evidente. En este contexto, los países del Sur económico, los más avanzados de entre estos (India, Tailandia, Sudáfrica o Brasil), han logrado desarrollar de alguna manera su industria farmacéutica, aunque dedicadas esencialmente a la producción de medicamentos genéricos. Algunas empresas indias producen sus propias medicinas patentadas (Cipla, Dr Reddy’s Group y Ranbaxy) (Barrutia y Zabalo 2003: 176).

Para entender esta situación resulta necesario analizar el mercado farmacéutico mundial y la demanda de medicamentos. Según datos del EFPIA (European Federation of Pharmaceutical Industries and Assosiations), el consumo está concentrado en los países industrializados: América del Norte (47.2%), Europa (23.7%) y Japón (12%) suponen el 83% del mercado mundial (EFPIA, 2002). Mientras que, en el extremo, África supone el 1% del mercado mundial de fármacos (Pfizer, 2001) (Barrutia y Zabalo 2003: 177-178).

La intervención y regulación ejercida por los gobiernos en el mercado farmacéutico ha determinado en gran medida la naturaleza del sector. Las exigencias gubernamentales en materia de investigación explican que, en las últimas décadas, el sector se haya hecho más intensivo en tecnología, dedica como media en I+D el 12% de la facturación. El porcentaje se eleva al 20.8% para las empresas innovadoras (Barrutia y Zabalo 2003: 179) (2). Empero, esta investigación, base del sector, olvida las enfermedades del Sur, la mayoría parasitarias ya erradicadas en el Norte. La investigación científica no va orientada precisamente a las enfermedades de la mayoría, ni hacia el desarrollo y la mejora de las condiciones de vida de las personas y del conjunto de la humanidad, sino hacia los males característicos y las preocupaciones de los que consideran consumidores pudientes, y se guía por objetivos de mercado. Las enfermedades típicas de los pobres quedan así olvidadas, su escaso poder adquisitivo implica poco negocio potencial (PNUD, 1999).

El PNUD, ya en su informe del año 1999, clamaba por la necesidad urgente de normas para convertir los adelantos en nuevas tecnologías en adelantos para la humanidad. Sin embargo, una vez más, el dinero se impone a la necesidad. Al definir las prioridades de la investigación, los cosméticos y los tomates de lenta maduración ocupan un puesto más alto en la lista que una vacuna contra el paludismo o cultivos resistentes a la sequía para tierras marginales. Las mejoras tecnologías están diseñadas y enfocadas a intereses de mercado. El control más estricto de la innovación, en manos de empresas multinacionales, desconoce y/o no atiende las necesidades de millones de seres humanos. El progreso tecnológico sigue estando lejos del alcance de los pobres (PNUD, 1999).

¿Por qué no se invierte en investigación para curar enfermedades mortales que acechan y recaen sobre la población más pobre del planeta que no requiere mayor inversión que la que se dedica, por ejemplo, a los avances para la Viagra o el colágeno para labios? ¿Por qué el ADPIC protege la propiedad intelectual sin establecer la posibilidad de transferencia de las patentes una vez comercializados los productos farmacéuticos y recuperada la inversión inicial? ¿Por qué los gobiernos de los países del Norte no impulsan la investigación para erradicar los gravísimos problemas de salud de los países del Sur, a sabiendas de que supondría un adelanto en desarrollo que beneficia a toda la humanidad? Son numerosas las preguntas que nos pueden surgir, aunque no hay nada que nos deba extrañar. Se trata de un negocio, y como tal, debe ser rentable, al margen de los problemas sociales y los valores humanos.

La investigación farmacéutica, y científica en general, además de estar cada vez más concentrada, se efectúa casi exclusivamente en los países industrializados, va dirigida a su mercado en busca de clientes potenciales. El ADPIC no deja de ser un acuerdo establecido por la OMC, por lo cual, lo que pretende favorecer, al fin y al cabo, es el comercio. La protección de patentes, con  una duración mínima de veinte años de monopolio otorgado, es una herramienta que beneficia a las grandes empresas multinacionales del sector farmacéutico. De hecho, el Acuerdo solo es el producto de la presión ejercida por las mismas y trata, por tanto, de velar por intereses comerciales privados. Las mejoras en las condiciones de vida de las personas -en términos de salud- quedan en segundo plano.

En los estudios analizados en este artículo, se pone en relieve la necesaria intervención pública y de los distintos organismos multilaterales para corregir los defectos y facilitar el acceso a medicamentos y tratamientos farmacológicos a las personas afectadas. Sin embargo, pese a que algo se ha hecho, como la Declaración de Doha o la rebaja de los precios de tratamientos contra el VIH, lo fundamental no cambia. Además, la intervención pública, no tiene porque resultar eficiente cuando la presión de las grandes multinacionales del sector farmacéutico, que son de todas y de ninguna parte, acaba limitando cualquier regulación que les perjudique como negocio. En este contexto, sus acciones acaban redundando, como casi siempre, en patologías tales como el grave trastorno bipolar de políticas económicas pensadas para el desarrollo (empresarial).

Las necesidades de las personas más vulnerables siguen estando en segundo plano porque, simplemente, no son rentables. Poniendo trabas al desarrollo por el que se clama, el derecho a la salud se queda en una aspiración casi religiosa, a interpretar.

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Bibliografía

Barrutia Etxebarría, Xabier (y Zabalo Arena, Patxi)

2003, Sector farmacéutico, patentes y acceso a medicamentos en el Sur. Revista CIDOB d’afers internacionals, ISSN-e 1133-6595, Nº. 64 (Ejemplar dedicado a: Miscelánea)

Díez, Txetxu Ausín

2008, Conflicto de valores en la investigación farmacéutica entre la salud pública y el mercado. Arbor: Ciencia, pensamiento y cultura, ISSN 0210-1963, Nº 730, 2008 (Ejemplar dedicado a: Ética de la investigación), págs. 333-345

E. Esteve

2001, Propiedad intelectual, patentes y acceso a los medicamentos en los países en desarrollo. Gaceta sanitaria: Órgano oficial de la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria, ISSN 0213-9111, Vol. 15, Nº. 6, págs. 546-549

García-Castrillón, Carmen Otero

2003, El acceso a los medicamentos las patentes y el Acuerdo sobre los Derechos de Propiedad Intelectual Relacionados con el Comercio. Información Comercial Española, ICE: Revista de economía, ISSN 0019-977X, Nº 804, 2003 (Ejemplar dedicado a: Economía de la salud), págs. 197-218

Navarro, Vicenç et al.

2005, Globalización y saludMadrid: Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública, 2005. ISBN: 84-609-4511-1. Disponible aquí.

P. Rojo

2001, El acceso a los medicamentos esenciales en los países pobres. Gaceta sanitaria: Órgano oficial de la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria, ISSN 0213-9111, Vol. 15, Nº. 6, págs. 540-545


(1) Entrevista a Richard J. Roberts, premio Nobel de Medicina, para La Vanguardia. Disponible aquí.

(2)  Barrutia Etxebarría, Xabier (y Zabalo Arena, Patxi) explican que existen tres tipos de empresas farmacéuticas: las innovadoras, las que concentran su actividad en producción de genéricos o medicamentos sin receta, y las biotecnológicas. Las empresas fabricantes de nuevos compuestos químicos farmacéuticos e investigadoras se llaman a sí mismas innovadoras, son tan solo unas cien a nivel mundial y concentran el 40% y 60% del mercado en los países avanzados.

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